El estrés es BUENO
- Posted by JD Kropman, PhD
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- Date February 10, 2022
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El estrés no lo mata: la diferencia entre el estrés natural y el estrés crónico
El estrés es parte de la vida cotidiana de hoy. La mayoría de nosotros ha enviado alguna vez un mensaje a alguien cercano que no pudo responder porque estaba tan ocupado con las exigencias del día a día que tenía mil cosas en mente y simplemente lo olvidó. ¿Le ha ocurrido a usted también? ¿Ha dejado de responder o de hacer algo importante porque el nivel de estrés era tan elevado que simplemente se le fue de la memoria? Estar ocupado con muchas tareas pendientes es una cosa. Pero hacerlas como si el mundo estuviera a punto de terminar es otra muy distinta. ¿Es realmente todo lo que está haciendo tan urgente que su vida depende de ello, al punto de olvidarse de responder un simple mensaje? Seguramente ha escuchado a alguien decir que “el estrés lo mata a uno.” En este artículo exploraremos cómo afecta realmente nuestras vidas y qué podemos hacer al respecto, con una perspectiva que quizás lo sorprenda.
Una distinción fundamental que cambia todo
Antes de continuar, es necesario aclarar algo importante. Lo que se dirá a continuación puede ir en contra de algunas ideas que usted da por sentadas, pero vale la pena seguir leyendo hasta el final para comprender cómo esta perspectiva puede transformar su relación con el estrés.
Contrario a la creencia popular, el estrés en sí mismo no lo mata. Lo que mata es el estrés crónico. El estrés, en su forma natural y puntual, en realidad lo salva. No es una afirmación descabellada. Es biología pura, y tiene mucho sentido cuando se comprende cómo funciona este mecanismo en el organismo.
El estrés como mecanismo de supervivencia
El estrés es un mecanismo natural que todos los seres vivos poseemos. Cuando se activa ante una situación percibida como amenaza, desencadena una serie de señales en el cuerpo: eleva los niveles de adrenalina, aumenta el flujo sanguíneo, acelera el ritmo cardíaco y prepara todo el organismo para la respuesta conocida como “huir, luchar o paralizarse”. Sin este mecanismo, el cuerpo no tendría la capacidad de reaccionar con la rapidez y la intensidad necesarias para enfrentar el peligro, y cualquier amenaza nos encontraría desprevenidos e incapaces de responder.
Piense en un ratón perseguido por un gato. En la mayoría de los casos, el ratón escapa. ¿Gracias a qué? Gracias al estrés. Ese pico de adrenalina y activación fisiológica es lo que le permite correr más rápido, reaccionar con mayor precisión y escapar de las garras del depredador. El estrés salvó al ratón. Sin él, el gato lo habría atrapado sin mayor esfuerzo.
La diferencia clave: lo que le pasa al ratón después de la persecución
Aquí está el punto central y más revelador de todo esto. Después de que la persecución termina, el ratón vuelve a la calma. Su sistema nervioso regresa a su estado basal. El estrés cumplió su función, desapareció, y el ratón continúa con su vida sin seguir activado como si el peligro aún estuviera presente. El ratón no pasa horas ni días reviviendo la persecución, anticipando la próxima amenaza o manteniendo el cuerpo en estado de alerta permanente.
Los seres humanos, en cambio, hacemos exactamente eso. Y ahí reside el problema.
El estrés crónico, ese estado de activación sostenida que muchas personas experimentan de manera casi constante en la vida moderna, es lo que tiene efectos devastadores sobre la salud. El cuerpo humano no está diseñado para mantener el estado de “huir, luchar o paralizarse” de manera continua. Ese nivel de activación fisiológica, sostenido en el tiempo, genera un desgaste progresivo sobre el sistema inmunológico, el sistema cardiovascular, el sistema hormonal y la salud mental.
La metáfora de la alarma de incendios
Imagine la alarma de incendios de su oficina. Cuando se activa ante un incendio real, cumple una función vital: alerta a todos, desencadena la evacuación y contribuye a que las personas se pongan a salvo. En ese contexto, la alarma es indispensable y potencialmente salvadora. Nadie cuestionaría su valor en ese momento.
Pero ahora imagine que el inspector de seguridad, realizando sus pruebas de rutina, activa esa misma alarma y la deja sonando durante horas sin apagarla. ¿Qué ocurre? Lo que antes era una señal de protección se convierte en una fuente de irritación insoportable, de agotamiento y de dificultad para concentrarse o funcionar con normalidad. Es exactamente la misma alarma. La diferencia no está en el mecanismo, sino en la duración.
Con el estrés ocurre precisamente lo mismo. Cuando se activa ante una amenaza real y luego se apaga una vez que el peligro ha pasado, es un aliado extraordinario. Cuando permanece encendido de manera continua, aunque no haya ningún peligro real presente, se convierte en un enemigo silencioso que deteriora la salud desde adentro.
El papel de la mente y del subconsciente
Aquí surge una pregunta fundamental: ¿por qué las personas modernas viven en ese estado de estrés crónico si ya no estamos siendo perseguidos por depredadores como en la era de las cavernas? La respuesta está en la mente y, más específicamente, en el subconsciente.
La respuesta de “huir, luchar o paralizarse” no se activa solo ante amenazas físicas reales. Se activa ante todo aquello que la mente percibe como una amenaza, independientemente de si el peligro es objetivo o no. Un correo electrónico del jefe, una discusión con un familiar, una deuda pendiente, el miedo al rechazo o la anticipación de un fracaso pueden generar en el organismo exactamente la misma respuesta fisiológica que generaría un predador real. El cuerpo no distingue entre una amenaza real y una percibida; reacciona ante ambas con la misma intensidad.
Y es precisamente aquí donde reside la clave de la transformación. Si la fuente del estrés crónico no es el mundo exterior, sino la manera en que la mente interpreta y percibe ese mundo, entonces trabajar sobre el subconsciente, sobre las creencias y los patrones de percepción que generan esa alarma constante, es el camino más profundo y duradero hacia la paz interior.
Reprogramar el subconsciente para salir del estrés crónico
Al modificar las creencias y los patrones instalados en el subconsciente, es posible dejar de percibir las situaciones cotidianas como amenazas de vida o muerte, y comenzar a responder ante ellas con mayor calma, claridad y perspectiva. Esto no significa ignorar los problemas ni fingir que todo está bien. Significa desarrollar la capacidad de evaluar cada situación con mayor precisión y de activar la respuesta de estrés solo cuando realmente es necesario, permitiendo que el cuerpo y la mente regresen al estado de calma una vez que la situación se ha resuelto.
Existen numerosas herramientas para trabajar en este nivel: la meditación, el tapping, la terapia cognitivo-conductual, el coaching enfocado en el subconsciente, y métodos específicos de reprogramación mental que permiten identificar y transformar las creencias que alimentan el estrés crónico. La elección de la herramienta adecuada depende de cada persona y de su momento particular, pero lo más importante es reconocer que el cambio es posible y que la decisión de buscarlo está siempre disponible.
Conclusión
El estrés no es su enemigo. Es un aliado biológico extraordinario que, usado correctamente, lo protege y lo mantiene a salvo. El verdadero problema es el estrés crónico: esa alarma que no se apaga, ese estado de activación permanente que el cuerpo no está diseñado para sostener indefinidamente. Comprender esta distinción es el primer paso hacia una relación más sana con el estrés, y trabajar sobre los patrones subconscientes que lo alimentan es el camino hacia una vida más libre, más equilibrada y más plena. Que cada día sea una oportunidad de elegir la paz.
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